Por fin llegó el maravilloso y ansiado día, el día de decir adiós a seis años de mi vida metidos en un pequeño y antiguo edificio. Y ahora no puedo evitar sentir la nostalgia de saber que, seguramente, jamás volveré a pisar ese suelo, no estaré rodeada de esos pasillos y puertas amarillas y aulas verdes tan deprimentes. Que nunca volveré a caerme por esas escaleras que han sufrido tantos tropiezos. Nunca volveré a golpearme con esas puertas que estampan con tanta gente. No me sentaré más en esos pupitres donde tantos hemos firmado. Ni tampoco me sentiré minúscula al lado de los de 2º de bachiller, porque ahora es cuando veo que, en realidad, no son tan mayores.
Son muchos los recuerdos que se mezclan en esas clases, muchas generaciones. Desde el primer día en el que nos dieron la bienvenida en el salón de actos (ambientado en el siglo XVI) y nos advirtieron que hasta 3º de la ESO no podríamos salir del edificio principal y es que "para que podáis salir afuera en los recreos aún os falta mucho tiempo".
Pero esta nostalgia no me produce tristeza. El curso que viene me iré de esta diminuta ciudad en la que he crecido.
Y sé que es el principio de una nueva experiencia.
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